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Cuando un científico descubre una de las muchas leyes que rigen la naturaleza, se esfuerza por describirla de una manera universal que pueda aplicarse en todos los casos. Sobre todo se preocupa por lograr que el proceso que le ha conducido al descubrimiento sea repetible por todas aquellas personas que, conociendo el método científico oportuno, quieran verificar el valor.
De esta forma, un científico norteamericano que pretenda construir un radar utilizará las mismas fórmulas y los mismos principios básicos que han guiado el trabajo de un colega suyo ruso o japonés. Y esto porque, en el caso específico, el funcionamiento del radar depende de factores que no cambian en función del lugar, del tiempo y de la intervención humana, es decir, que se basa en principios universales. Otro ejemplo análogo está formado por la ley que regula el movimiento de caída de los pesos, que estudiaron Galileo Galilei y otros físicos en los albores de la ciencia moderna. Esta ley se estableció después de largas y pacientes sesiones de observación del movimiento de diversos objetos de varias formas y pesos que se dejaban caer sobre planos de diversas inclinaciones y de distinta longitud.
De esta manera, los tiempos de caída y la longitud recorrida se midieron y se compararon; se llegó de esta forma a la redacción de fórmulas matemáticas que los relacionaron, describiendo el fenómeno en la totalidad de sus factores. Estas fórmulas continúan siendo válidas en la actualidad, aunque nadie observa ya la caída de los objetos: los principios que regulan el fenómeno son de alguna manera innatos en el propio fenómeno natural y, como todo el mundo sabe, eran verdaderos incluso antes de que alguien los descubriera.
A diferencia de lo que acabamos de ver, el mago no se comporta en ningún caso como un científico, sino que intenta que se produzcan acontecimientos discipliarios o intenta cambiar diversas realidades de manera sustancial con una metodología basada en los conocimientos traditionalise deb su pueblo y en su propia experiencia personal.
Por esta razón, un brujo de México que quiera hacer magia al invocar la lluvia para que caiga sobre los prados áridos de su tribu utilizará fórmulas y operaciones muy diferentes de las que utilizaría un mago chino o africano.
En otras palabras, mientras las leyes científicas se refieren a la naturaleza en sí misma (y por ello se llaman también «leyes naturales»), los principios mágicos se basan en la interacción entre el propio mago y la naturaleza.
A manera de inciso, diré que es precisamente a causa de esta radical diferencia que la ciencia oficial observa la magia y las demás disciplinas colaterales con tanta sospecha y suficiencia.
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