Historia de la magia: de los celtas al renacimiento |
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La concepción del mundo que tenían estos pueblos era extremadamente mística: el mundo estaba rodeado por fuerzas misteriosas de extraordinario poder que la mayoría de los hombres desconocían y temían. Los dioses, dentro de ese cosmos tremendamente diverso y complejo, representaban la encarnación de esas fuerzas más cercana al hombre. Los celtas no poseían leyes divinas, ni escritas ni orales, y para entrar en contacto con las divinidades y conocer su voluntad se confiaban a rituales particulares.
Sus sacerdotes, llamados druidas, tenían, según la tradición, notables poderes mágicos: podían evocar las tormentas, hablar con los animales y transformar guerreros en árboles capaces de luchar y vencer al enemigo más aguerrido. Diversas leyendas narran desapariciones misteriosas, traslados, búsquedas y reencuentros del Grial; pero todas concuerdan en afirmar que el reencuentro y la contemplación del cáliz sagrado precisan una rectitud moral absoluta y una heroica firmeza contra las tentaciones: sólo el caballero que posee estas cualidades es digno del Grial y de la potencia vivificadora del propio Cristo. Pero en cambio, el incauto que se aventure en la búsqueda sin poseer las cualidades adecuadas tendrá problemas, ya que para él sólo habrá terribles sufrimientos y sufrirá una condena eterna por su atrevimiento sacrílego. Es evidente que los autores de la época pretendían describir con estas leyendas, de forma alegórica, el camino indispensable para convertirse en un «iniciado» en el verdadero saber.
Dadas las circunstancias, no es demasiado absurdo pensar que tal situación favorecía sobremanera la falsa acusación y la tergiversación de cualquier acto que pudiera parecer a primera vista sospechoso de herejía. La mujer que se resistía a las insinuaciones de alguien poderoso, un pariente a quien se quería usurpar la herencia, un enemigo personal o simplemente una persona cuyo carácter y hábitos cotidianos se apartasen un poco de lo corriente corrían el peligro de ser acusados en toda regla y ser condenados a muerte. Un ejemplo que vale por todos es el de la Doncella de Orleans, Juana de Arco, que, acusada de herejía, fue quemada viva en la hoguera en el año 1431, únicamente por motivos políticos. El Papa Inocencio VIII, más o menos hacia el año 1400, promulgó una bula en la que declaraba formalmente la guerra a la brujería. Dos de entre los tristemente más famosos inquisidores, Kramer y Sprenger, fueron los autores de un texto, el Malleus maleficarum («Martillo de brujas»), usado indiferentemente por los católicos y protestantes como guía práctica en la caza a las brujas. En él se detallaban no sólo las conductas y apariencias bajo las que se ocultaba el culto demoníaco, sino que también se explicaban minuciosamente los procedimientos de interrogatorio y tortura a los que se debía someter a los acusados.
Otro gran heterodoxo de aquella época fue Paracelso, un extraordinario médico y filósofo suizo que, además de dedicarse a la magia, contribuyó con sus estudios y sus observaciones al desarrollo de la medicina clínica y de la química farmacéutica. A su lado, recordamos a Cornelio Agrippa, cuya tradición popular le atribuyó, además de varias leyendas, la fama de mago muy sabio, particularmente hábil en la invocación de los difuntos. Contra todos ellos, la amplia mano de la Iglesia consiguió organizar una represión tal que, en el siglo siguiente, los adeptos a la magia habían sido prácticamente diezmados.
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Otra antigua tradición que debe tenerse muy en cuenta es la de los
La hoguera era el epílogo del suplicio al que se condenaba a los hombres y mujeres de las más diversas condiciones sociales, acusados de herejía, brujería o de las dos cosas a la vez.
En el siglo siguiente apareció el
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