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Poster tipográfico de la fuente Gabardina del diseñador gráfico freelance: deFharo

Horóscopo celta

ARCE

(11/4 al 20/4) y (14/10 al 23/10)


Arce: Caprichoso

Consagrado a Dana, diosa celta de la fertilidad y la felicidad erótica. El nativo arce llama la atención por su originalidad, memoria y facilidad para aprender. Aunque es tímido, le encanta que le adulen porque es muy inseguro. Lo más frágil de su salud es sus sistema nervioso. Algo déspota en el amor y muy variable. Refinado y teatral, pueden sobresalir como actores, modelos o diplomáticos. Color: Rosa.
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Historia de la magia: de los celtas al renacimiento

El arbol mitológico de los celtasOtra antigua tradición que debe tenerse muy en cuenta es la de los celtas, los antiguos pueblos que en el siglo N a. de C. se encontraban repartidos por un vasto territorio que iba desde Ir­landa hasta buena parte de las tierras germanas.

La concepción del mundo que tenían estos pueblos era extre­madamente mística: el mundo estaba rodeado por fuerzas mis­teriosas de extraordinario poder que la mayoría de los hombres desconocían y temían. Los dioses, dentro de ese cosmos tremen­damente diverso y complejo, representaban la encarnación de esas fuerzas más cercana al hombre. Los celtas no poseían leyes divi­nas, ni escritas ni orales, y para entrar en contacto con las divini­dades y conocer su voluntad se confiaban a rituales particulares.

 

Sus sacerdotes, llamados druidas, tenían, según la tradición, notables poderes mágicos: podían evocar las tormentas, hablar con los animales y transformar guerreros en árboles capaces de luchar y vencer al enemigo más aguerrido.
Buena parte de la literatura medieval bebió de esas antiguas leyendas druídicas que, juntamente con la doctrina cristiana dio origen a la saga del rey Arturo, los caballeros de la mesa redonda, el mago Merlín y el ciclo místico del Santo Grial. Este último, se­gún la leyenda, es el cáliz en el que José de Arimatea habría re­cogido la sangre de Cristo cuando fue crucificado. Este vaso sa­grado, transportado a las islas británicas, habría sido custodiado por los templarios, entre los que estaban Parsifal y Galaad.

Diversas leyendas narran desapariciones misteriosas, trasla­dos, búsquedas y reencuentros del Grial; pero todas concuerdan en afirmar que el reencuentro y la contemplación del cáliz sagrado precisan una rectitud moral absoluta y una heroica firmeza contra las tentaciones: sólo el caballero que posee estas cualidades es digno del Grial y de la potencia vivificadora del propio Cristo.

Pero en cambio, el incauto que se aventure en la búsqueda sin poseer las cualidades adecuadas tendrá problemas, ya que para él sólo habrá terribles sufrimientos y sufrirá una condena eterna por su atrevimiento sacrílego.

Es evidente que los autores de la época pretendían describir con estas leyendas, de forma alegórica, el camino indispensable para convertirse en un «iniciado» en el verdadero saber.
Fue precisamente durante la Edad Media que la magia vivió su periodo más sufrido: en estos siglos, de hecho, la Iglesia empezó a perseguir a todos aquellos de quienes se sospechaba que se ocupaban de magia o de brujería.
Durante los siglos XII, XIII y XIV se llevó a cabo una verdadera caza de brujas. En aquellos siglos se multiplicaron los procesos por herejía contra los albigenses, los valdenses, los templarios y otros grupos que, a los ojos de la curia romana, se apartaban pe­ligrosamente del dogma de las Sagradas Escrituras. En el siglo xv la Santa Inquisición, el instrumento de justicia de la Iglesia, se había convertido en un refinadísimo y temido mecanismo de control de los fieles. En este periodo de máximo terror, por muy poco encarcelaban y sometían a los presos a torturas tales que hacían confesar las atrocidades más insospechadas al desdichado que cayese en sus manos.

Brujos quemados en la hogera por la inquisiciónLa hoguera era el epílogo del suplicio al que se condenaba a los hombres y mujeres de las más diversas condiciones sociales, acusados de herejía, brujería o de las dos cosas a la vez.

Dadas las circunstancias, no es demasiado absurdo pensar que tal situación favorecía sobremanera la falsa acusación y la tergiversación de cualquier acto que pudiera parecer a primera vista sospechoso de herejía.

La mujer que se resistía a las insinuaciones de alguien pode­roso, un pariente a quien se quería usurpar la herencia, un ene­migo personal o simplemente una persona cuyo carácter y hábi­tos cotidianos se apartasen un poco de lo corriente corrían el peligro de ser acusados en toda regla y ser condenados a muerte.

Un ejemplo que vale por todos es el de la Doncella de Or­leans, Juana de Arco, que, acusada de herejía, fue quemada viva en la hoguera en el año 1431, únicamente por motivos políticos.

El Papa Inocencio VIII, más o menos hacia el año 1400, pro­mulgó una bula en la que declaraba formalmente la guerra a la brujería.

Dos de entre los tristemente más famosos inquisidores, Kra­mer y Sprenger, fueron los autores de un texto, el Malleus male­ficarum («Martillo de brujas»), usado indiferentemente por los católicos y protestantes como guía práctica en la caza a las bru­jas. En él se detallaban no sólo las conductas y apariencias bajo las que se ocultaba el culto demoníaco, sino que también se explicaban minuciosamente los procedimientos de interrogatorio y tortura a los que se debía someter a los acusados.

Bruja torturada por la inquisiciónEn el siglo siguiente apareció el Renacimiento y se desarrolló el interés por el mundo clásico. Se estudiaron los usos, la histo­ria, la religión, la filosofía y, naturalmente, las prácticas mágicas más difundidas. En este periodo emergieron grandes figuras in­telectuales que destacaron por su eclecticismo y que se interesa­ron vivamente por todas estas formas de espiritualidad tan poco convencional en aquella época. Entre los italianos más ilustres de este periodo, deseo recordar aquí sólo a Pico della Mirandola, ilustre filósofo y humanista de prodigiosa memoria, que se ocupó, entre otras disciplinas, de la teología, intentando conci­liar doctrinas de varias procedencias, y a Giordano Bruno, fraile dominicano, que en el año 1600 fue acusado de herejía y que­mado en la hoguera a causa de su intento de difundir la teología de Copérnico y su profesada visión panteísta de la realidad.

Otro gran heterodoxo de aquella época fue Paracelso, un ex­traordinario médico y filósofo suizo que, además de dedicarse a la magia, contribuyó con sus estudios y sus observaciones al de­sarrollo de la medicina clínica y de la química farmacéutica. A su lado, recordamos a Cornelio Agrippa, cuya tradición popular le atribuyó, además de varias leyendas, la fama de mago muy sabio, particularmente hábil en la invocación de los difuntos.

Contra todos ellos, la amplia mano de la Iglesia consiguió or­ganizar una represión tal que, en el siglo siguiente, los adeptos a la magia habían sido prácticamente diezmados.
Aunque al principio intentaron disimular su real interés ha­ciéndose pasar por cabalistas o alquimistas, con el paso del tiempo se vieron obligados a crear sociedades secretas, como las confraternidades de los rosacruces o de los francmasones, para intentar que la tradición esotérica no se perdiera.