|
El primer objeto de estudio de la cábala es la comprensión mística de Dios y de la creación del universo. Desde este punto de vista se coloca en el mismo nivel que todas las tradiciones religiosas reveladas: habría sido transmitida, de hecho, por revelación del propio Dios a un grupo de ángeles, que a su vez la enseñaron a los primeros seres humanos (Adán, Abraham o Moisés, según las distintas versiones). Más allá de estos aspectos teológicos y cosmológicos, la tradición cabalística preveía también el uso de encantamientos para obligar a las entidades intermedias entre Dios y los hombres a obedecer los deseos del mago. Salomón habría utilizado estos medios para la construcción del gran templo de Jerusalén.
Según la tradición, este gran sabio y soberano habría sido el primero en poner por escrito los secretos de la cábala en la obra Clavicula Salomonis («Las clavículas de Salomón»), una obra de gran complejidad y hermetismo que si bien es cierto que muchos estudiosos la datan en torno al año 1400, no por ello ha dejado de ser uno de los textos fundamentales para adquirir el conocimiento mágico. A lo largo de sus páginas se describen las reglas de comportamiento que debe seguir el mago al pie de la letra, la indumentaria adecuada para cada práctica, los símbolos, los pentáculos y los sellos de los espíritus, los instrumentos del mago y la forma de fabricarlos además de dar una serie de indicaciones acerca de los tiempos que requieren las diferentes operaciones mágicas basándose siempre en el tránsito de los astros. La cábala conoció su máximo desarrollo en la Edad Media, cuando los rabinos empezaron a transmitirla a los iniciados no hebreos.
La iniciación es fundamental para la comprensión de la cábala que, precisamente por este motivo, recibe también el nombre de «sabiduría secreta».
|