El oráculo de cristal.
Los griegos fueron unos de los primeros que regularon y potenciaron las consultas proféticas y diseñaron las características del intermediario entre la divinidad y los humanos, la pitonisa, una mujer que podía influir en Apolo para que los designios marcados fueran favorables.
Posteriormente consideradas como brujas, estas mujeres solían vivir junto a los templos y estaban protegidas incluso contra la ira de los reyes, pues no solamente vaticinaban el futuro, halagüeño o maléfico, sino que mediante sus plegarias al dios podían cambiar el futuro de los acontecimientos.
Los dibujos nos las muestran sentadas sobre un trípode, con los ojos cerrados y sumidas en un trance espiritual que las llevaba a efectuar movimientos y sonidos que, en ocasiones, creaban terror entre los asistentes.
Los romanos, sin embargo, sustituyeron a la pitonisa por la sibila, una sacerdotisa que también hablaba con los dioses en las cavernas de Tibur y Cumas, y cuyas adivinanzas fueron tan numerosas que han ocupado nada menos que nueve volúmenes.
Por supuesto, sus vaticinios estaban solamente a disposición de los dirigentes o personas influyentes y se guardaban en santuarios, como ocurrió con los Libros Sibilinos, desgraciadamente destruidos por un incendio en el año 83 a.C.
Cristianismo y adivinación.
Indudablemente, la proliferación mundial del cristianismo sirvió para apartar este tipo de profecías y considerarlas en ocasiones obra demoníaca, y sus adivinos reos de cárcel o muerte. Desde entonces, el destino es obra de Dios y, por tanto, inescrutable y con frecuencia incomprensible, injusto y sin sentido.
Los oráculos de más prestigio se levantaron cerca de los manantiales, aunque otros igualmente célebres estaban dentro de las cuevas o en profundas simas, en medio de amplia vegetación, gran humedad y con el susurro del viento como música de fondo.
En su defecto, se inst alaban dentro de los templos, pues la proximidad al dios debía facilitar los intercambios. Uno de los oráculos más populares fue el monte Sinaí, pues allí le reveló Yahvé los Diez Mandamientos a Moisés, aunque no fue menos importante el monte de los Olivos, el lugar preferido por Jesús para hablar con su Padre.
Pero si bien la historia está plagada de datos que nos demuestran que los adivinos eran casi siempre personas bien prestigiadas y protegidas por los gobernantes, hoy en día las cosas no han cambiado demasiado, pues existen multitud de «futurólogos» que son tremendamente populares y que ganan una fortuna con su profesión.
En la ciudad de Bel Marduk, Babilonia, también eran famosos los oráculos, lo mismo que los de Ammón, en el oasis de Siwa (Egipto), siendo uno de los más antiguos el de Heliópolis, alcanzando entre ellos gran renombre el de Delfos, y también los de Trofoneo, Epidauro y Dodona.
Pero mientras los filósofos y científicos actuales desprecian cualquiera de las técnicas adivinatorias, antiguas y modernas, personas tan importantes como Homero, Plutarco, Cicerón y Virgilio escribieron numerosas páginas hablando de sus virtudes y aciertos.
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